María Bueno

De la mesa

“…El espacio público y doméstico eran dos espacios, cada uno ontológicamente completo, cada uno con su propia politicidad. El mundo doméstico, atravesado por muchas presencias, muy concurrido, es también el ámbito de deliberación… Y esa deliberación tiene un impacto y una influencia en la vida colectiva, en la vida pública…Ningún hombre es capaz de tomar una decisión en el ágora pública sin pasar una noche en casa para consultar ese otro espacio político, ese espacio sin muros donde lo doméstico no es sinónimo de privado y tampoco es igual a íntimo. Esas son equivalencias propias de la modernidad”.

 

© Nelida L. Taque Nanque. Quinta, 2021

 

Inicio este texto con las palabras de la antropóloga y feminista Rita Segato, pues las reuniones en el espacio doméstico, concretamente en la cocina, me recuerdan que, entre preparación de comida e ingesta, se discuten e intercambian ideas que pueden tener réplica, bajo forma de acciones concretas, en la calle.

Es por ello que para la confección del mismo nos situamos en la cocina; lugar de reunión, zona de contacto y colisión, donde los tiempos se ralentizan. Encuentro paralelismos entre la organización de los ingredientes y su cocción y las personas que se reúnen en torno a esta acción, generando conversación. El plato en cuestión puede ser cocinado, en palabras de la investigadora y docente María Paula Meneses, “a través de múltiples experiencias, encuentros y compromisos, libre de fundamentalismos opresivos y certezas teológicas”, al igual que la charla entre los comensales puede tener lugar.

Ahora bien, también puede haber una “lucha” inicial de ingredientes cocinándose en el fuego, una tensión durante la charla en la cocina y ambas pueden ser consideradas metáfora de los tiempos que vivimos, atravesados por la actualidad inmediata donde el malestar, la queja y la fractura son valores en alza en una especie de campo de batalla, a punto de echar a perder el plato a degustar.

Estoy convencida de que la lucha y tensión –entre ingredientes preparándose si hablamos de la cocina, entre personas si nos referimos a nuestro contexto social- son parte de un estadio que ha de desembocar en algo, y ese algo tiene que ser para bien.

Propongo entonces refugiarnos en la cocina como lugar creativo y acogedor en el que aminorar los tiempos, ajeno al exceso de información e interferencias externas. Intuyo que desde este espacio doméstico podremos elucubrar e imaginar estrategias, alianzas y/o alternativas factibles -como acto de resistencia- para materializarlas, frente al afuera que aturde y colapsa. Sinceramente, les diré que el olor que emana de la olla donde nos encontramos actualmente –entendida ésta como el espacio público en el que todo(s) acontece(mos)- no es nada agradable. La filósofa, activista y periodista Patricia Manrique nos los explica así:

Emplear la razón de una manera lo más empática posible, siempre que sea factible –y me refiero sobre todo al debate entre activistas- es un camino basado en la cooperación y no en la competencia, tal vez más inteligente y productivo que la retórica guerrera y masculinista, a veces irresponsable, otras incluso algo cosmética, que utilizan, por ejemplo, algunas columnistas y tweetstars del universo del feminismo blanco (y algunas representantes del negro en España, por cierto, también). No se trata de ahogar los gritos que provoca la injusticia, sino de buscar, siempre que sea posible, formas sostenibles y cuidadosas para facilitar alianzas, trabajar en común, analizar en detalle, planificar estrategias y alianzas…Porque el grito o el lema de manifestación ralo poco contribuyen a esto. Digo esto porque, en España, hemos vivido, por fortuna, una reciente explosión de los feminismos en la que han medrado algunas voces quizá poco responsables, cultivadoras de la estridencia que, sospecho, si bien sirven para alimentar las estrategias del ciberanzuelo en medios del sistema, ofrecen un estereotipo epatante para el gran público y, aunque funcionan muy bien en redes esencialmente frívolas como Twitter,  no aportan crecimiento profundo al movimiento y generan un ambiente en el que el extremismo, que no la radicalidad, campa a sus anchas.

No nos perdamos, estoy poniendo sobre la mesa y, concretamente sobre la de la cocina, el momento de crispación y fragmentación por el cual transitamos para ver cómo seguir avanzando y construyendo. No obstante, seamos claros, la complejidad de la realidad social no da cabida a todos, nunca lo hará atendiendo al modelo presente. La académica Nouria Ouali no puede ser más clara:

Una de las grandes contradicciones de nuestra sociedad radica en que es una sociedad donde la necesidad de reconocimiento está presente, pero que, al mismo tiempo, marginaliza a algunos sectores de la población. Comprendo muy bien la necesidad de los grupos marginalizados de ser reconocidos, pero lo que ellos tienen que entender es que jamás serán reconocidos, en su humanidad, por los grupos dominantes. La estrategia debería ser distinta: empezar por reconocer la humanidad en sí mismos.

Sigamos, retomemos el menú: sobrehúsa, gachas de higo y café de algarrobas*. Bon appétit.

 

A la calle

Como creadora ligada, entre otras, a acciones artísticas grupales, me centraré en mi propia experiencia para pasar de la queja a la acción. Tengo especial interés en los comportamientos animales ya que, practicando éstos el apoyo o ayuda mutua –concepto estudiado y desarrollado por el naturalista Piotr Kropotkin– se cuidan, protegen, fortalecen y avanzan en comunidad. Al ser este concepto replicable entre las personas, diferentes artistas se centran por ejemplo en el comportamiento de las hormigas para establecer dinámicas grupales que desembocan en propuestas artísticas innovadoras e interesantes. Es el caso del coreógrafo Qudus Onikeku, quien plantea lo siguiente:

Las hormigas como sistemas complejos. Las colonias de hormigas como sistemas auto-organizados: Los comportamientos colectivos complejos surgen como producto de interacciones entre muchos individuos, cada uno de los cuales sigue un conjunto simple de reglas, no a través de instrucciones de arriba hacia abajo que provienen de la élite o la reina. Ningún trabajador tiene conocimiento universal de las necesidades de la colonia; los trabajadores individuales reaccionan solo a su entorno local. Atendiendo a esto, las hormigas son una fuente de inspiración para el diseño en ingeniería de software, la robótica, el diseño industrial y la puesta en escena colectiva, así como otros campos que involucran muchas partes simples que trabajan juntas, realizando a su vez tareas complejas.

Sin plan original, sin líder. Sólo auto-organización y colaboración.

Las colonias de hormigas se presentan como super-organismos. Una colección de organismos que se comportan como uno solo. Las hormigas trabajan a través de la inteligencia colectiva, aunque son incapaces de una organización consciente.

Al crear un equipo humano auto-organizado exitoso, es necesario que exista cierto nivel de liderazgo. Y a diferencia de las colonias de hormigas, los equipos auto-organizados necesitan buenas restricciones. Éstos trabajan de manera óptima cuando hay una persona o buen mánager creativo para apoyarlos –en el caso de las artes escénicas-. Aquel que sea capaz de establecer buenas limitaciones, y dejar que el equipo esté en primera línea, permitirá que el equipo se auto-organice e innove. El equipo sabe que hay alguien que está detrás de ellos, apoyando sus necesidades, a la vez que les deja la libertad para seguir adelante con el trabajo. (Libre traducción al español de un texto publicado por el propio coreógrafo en RR.SS.)

 

© Nelida L. Taque Nanque. Yin. 2021

 

La idea y práctica artística no piramidal y “humana” de Onikeku me hace pensar en cómo podemos crear y trabajar juntos. “Crear y trabajar juntos” es sinónimo para mí de relacionarnos y vivir en comunidad, dejando una impronta y generando precedentes en medio de un sistema voraz e implacable que no dejamos de alimentar y que, tal y como diría Françoise Vergès “sólo muestra sus debilidades”..

¿Podemos dejar las diferencias y experiencias dolorosas a un lado para construir(nos) y avanzar juntos, atendiendo a la voluntad compartida? Mi respuesta es afirmativa, aunque la tarea no se presenta fácil. ¿A qué tenemos que prestar atención y qué características tienen que tener los grupos-colectivos de trabajo -y vida- a los que me refiero? He aquí posibles ideas.

La primera de ellas, tal y como apunta bien Qudus Onikeku, es que se trata de grupos auto-organizados en los que las personas están en el centro, en los que existen intereses y beneficios compartidos que nos hacen trabajar y movernos a la par, en una dirección. El ralentizar y generar tiempos y espacios –tanto físicos como mentales- son fundamentales para crear cohesión y sentimiento de grupo. Entiendo el ralentizar como un gran acto de resistencia pues, tal y como indica la escritora e investigadora Remedios Zafra, “en la lentitud no solo hay un contrarrelato, sino una oportunidad de cambio, en tanto que rompe los ritmos de producción y favorece algo que está en crisis: la concentración, la capacidad de abordar las cosas deteniéndonos en ellas, buscando su sentido, su ‘mejor versión’, su hacer ético”.

Si las personas están en el centro es porque en los grupos a los que me refiero, “la construcción del común” y la “reciprocidad”, tal y como diría la escritora y feminista Silvia Federicci -refiriéndose a su vez al feminismo comunitario-, son esenciales -¿Cómo estamos, qué necesitamos, cómo nos cuidamos y ayudamos para estar mejor?-. La construcción comunitaria muestra cómo podemos organizarnos de otra manera. Ahora bien, no se puede pensar que este trabajo, que requiere de un compromiso vincular hacia el bien grupal, sale de la nada.

Siguiendo con Federicci, “el común no se construye en el aire: es una relación tensa de disputa y de negociación, de disputa y de negociación… Por supuesto que existe la lucha, pero en la lucha siempre hay el momento de la mediación y de la construcción”.

Continuaré añadiendo que este tipo de grupos atienden a la “interdependencia”, es decir, al “yo te cuido, tú me cuidas y por tanto, nos cuidamos entre todos”, pues de ello depende nuestro avance y bienestar. Si pensamos en una neurona que recibe, envía y comunica información, así veo yo este tipo de grupos donde lo individual revierte en lo colectivo y al contrario, donde no hay diferencias entre el “yo” y el “tú”, entre el “ellos” y el “nosotros”. Partiendo entonces de esta inexistencia, resulta que las etiquetas están o deben ser desechadas, de forma que las personas integrantes del grupo no están encasilladas en roles ni limitadas por sus experiencias, Todas ellas hacen un esfuerzo por no señalarse ni juzgarse, de manera que no añadimos sufrimiento ni responsabilidad.

Fácil no es la tarea, tal y como vengo apuntando pero si conseguimos no ser víctimas ni culpables, salvadores ni salvados, fuertes ni débiles, estaremos ejercitando la deconstrucción. Recordando a la académica y escritora Robin DiAngelo, necesitamos estar en un lugar desde el que no oprimir ni ser oprimidos o, como diría FranÇoise Vergès en un “amarradero”, ya que implica “la acción de quedarse pero también de partir nuevamente… puede generar apertura y diálogo”.

Si bien he mencionado la neurona como forma de grupo, viniendo de las artes plásticas me imagino el grupo vivo, modulando y cambiando hacia una forma circular como son las heras, los corrillos y ciclos de barbecho. También me imagino los grupos de forma trenzada para guardar y fomentar la información en varios canales, de forma consistente. Pienso en mi cabello largo recogido en trenza, el pan challah y el ADN. En muchas de mis obras aparecen estas formas en red y me esfuerzo por replicarlas en los grupos en los que trabajo y creo.

Me gusta pensar y crear así porque entiendo que “la participación se sitúa en un ámbito en el que se ponen a trabajar inteligencias múltiples conectadas, una cuestión de reconocer la diversidad y diferenciales de tales inteligencias y la potencia de su trabajo en común. Crear cuerpo, un medio de volverse temporalmente visible; siempre en proceso e investigación; múltiple y polimorfo”, en palabras del coreógrafo e investigador Javier Martín.

Continúo escribiendo acerca de este tipo de grupos desde los que me gusta crecer, pensar y crear. No son marginales ni periféricos, ya que cuando hablamos de margen o periferia nos referimos a “un centro hegemónico del cual parte todo”, como diría la comisaria de arte y académica Andrea Giunta. En todo caso son grupos que funcionan como centros propios y si se propagan, hablamos de muchos centros a la vez, de simultaneidades en el tiempo que, en cualquier caso, utilizan y se sirven de lo que ocurre en el gran centro o sistema para adaptarlo a sus características y necesidades.

Por último, creo importante añadir que suelen ser grupos silenciosos, secretos, por eso funcionan paralelamente al sistema. Recordamos que todo lo que se menciona se etiqueta y se organiza desde el control del sistema. Por tanto, una manera de co-habitar con éste –que no escapar de él- es el silencio -justo ahora guardo silencio y observo, mientras me leen-. Recuerdo las palabras de la artista Otobong Ganga que dice que el arte a veces es capaz de reptar por el suelo, de sobrevivir y existir allende los tiempos, convirtiéndose en invisible e inmaterial. Curiosamente es algo que me empieza a interesar mucho, como forma de crear y estar de otra manera.

Deseo desaparecer y cultivar el silencio en secreto. Deseo trabajar en una herencia para las generaciones venideras que les permita construir desde un pasado compartido y proyectado en el futuro, un cobijo en el presente.

 

© Nelida L. Taque Nanque. Ways and Time. 2017

 

…El arte de construir una gran casa comunal sin ofender al hacerlo a los árboles cortados; el arte de forjar los metales de tal modo que apaciguara a los espíritus hostiles que los protegen; los secretos de la caza y también los secretos de las ceremonias y de las danzas enmascaradas que contribuyen al éxito de la caza; el arte de enseñar a los muchachos los rudimentos de las artes y los oficios; los métodos secretos de lucha contra la hechicería de los enemigos y, por consiguiente, el arte de la guerra; el arte de hacer botes, redes para la pesca, cepos para animales y trampas para pájaros con los conjuros necesarios y, por último, el arte de las mujeres en el hilado y el teñido…todo esto era en épocas antiguas “artes” que requerían del secreto para ser realizadas con éxito.

 

Nota de pie de página del libro “El apoyo mutuo, un factor de evolución”, Piotr Kropotkin.

*Esta receta está basada en alimentos del campo que la gente pobre tenía que comer a escondidas en zonas rurales –muy en especial la algarroba-, durante la Guerra Civil española y la Posguerra.

 

***

María Bueno  (IG: @mb.mariabueno / FB: María Bueno) es artista plástica formada entre Europa y EE.UU. apasionada del arte y la cocina, así como de la vinculación entre ambos, María Bueno practica un activismo cultural que, ya sea a través de sus propias obras y recetas culinarias o a través de trabajos colaborativos, comisariados y textos publicados, atienden al concepto de MEMORIA; en este caso colectiva. Sus proyectos de sesgo social han sido recogidos en el New York Times.

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